"Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta podría quedarse en el tintero" (D. H. Lawrence)

jueves, 23 de junio de 2016

Mi nombre es Zahra



Me llamo Zahra. Tengo 31 años y soy saharaui. Mi apelativo significa flor, bella, estrella. Palabras tan hermosas y tan evocadoras de felicidad que me pregunto por qué el destino se cebó en mí para que mi nombre sea sólo una sombra de mi persona.
No hay un gramo de alegría en todo mi ser.
Me considero una persona maltratada, por la vida, por nacer en territorio hostil, por tener un carácter audaz en vez de sumiso, pero principalmente, por ser mujer. Ese es mi mayor pecado. De haber nacido hombre sería guerrillero y podría moverme con libertad; no me habrían violado ni habrían intentado avergonzarme por mi condición de rebelde. Pero tuve la desgracia de nacer con caderas y pechos, con ojos negros y cabellos suaves.
Quizá os resulte complicado de entender, en pleno siglo XXI, que una mujer se exprese de este modo. Eso es porque no nacisteis en El Aaiun.
Desde pequeña no he escuchado otras conversaciones que las de odiar a los marroquíes, la necesidad de obtener un territorio independiente, el anhelo de libertad...Mis hermanos se fueron de nuestro hogar para luchar con el Frente Polisario siendo adolescentes mientras que mis tres hermanas y yo, junto a nuestra madre, sobrevivimos a base de vender lo poco que mi padre no había entregado aún a la causa antes de morir en un enfrentamiento con el gobierno de Marruecos.
Durante las duras manifestaciones de 2005, cuando contaba 21 años, asistí en compañía de mis amigas a una concentración de protesta frente a un edificio gubernamental. Apenas tuvimos tiempo de sentarnos y elevar cánticos de condena a la situación de nuestro pueblo cuando unos policías con trajes especiales y cascos se lanzaron contra nosotros y nos golpearon con saña. Yo estaba tan confusa que ni supe reaccionar, no era la primera vez que me manifestaba pero sí la primera que me atacaban de ese modo. Mordí la mano de uno de ellos y mi boca se llenó de un gusto acre entre la goma y la sangre; ya había pegado a tanta gente que un líquido viscoso le llenaba los dedos...Vomité en sus botas , no sé si de pavor o de asco y él me tumbó de una patada contra el asfalto y me molió a golpes con la porra.
Lo siguiente que recuerdo es hallarme en una habitación apestosa, rodeada de desconocidos, todos mujeres y niños. El dolor resultaba insoportable y me costaba moverme del rincón donde me habían dejado tirada pero en cuanto abrí los ojos muchas caras se volvieron a mí y muchas manos se ofrecieron a incorporarme. No entendía nada. ¡Estaba tan confusa!
Horas después, sin haber comido ni bebido absolutamente nada, sin curarme las heridas, me apartaron de mis compañeros y me llevaron a una sala pequeña, oscura. Confieso que la esperanza se había apoderado de mí al salir de la celda, soñando con que mi familia hubiera logrado la fianza que hubieran impuesto, o que se hubieran dado cuenta de que aquello era un error porque yo sólo me había manifestado pero nunca había participado de modo activo en acciones contragubernamentales. Admito que no por falta de ganas sino por la desesperación de mi madre, quien ya consideraba que la familia había contribuido más que de sobra a la causa libertaria.
La celda era oscura...Pero había tres sombras. No sé si puedo recordar aquel momento sin que la piel se me erice o el estómago se encoja.
Ahora soy valiente; pero entonces sólo tenía 21 años, era virgen y apenas me había movido de mi entorno.
Me acogieron con una bofetada, me preguntaron por mis hermanos, vieron el pasmo en mis ojos y una mano me arrancó la malahfa1 de tonos azules que me había puesto...no sé cuántas horas antes; ahora estaba tan mugrienta y desgarrada que me cubría muy poco, pero al menos ocultaba mi cuerpo a sus sucias miradas... hasta que dejó de hacerlo.
A mi edad debería estar casada, debería haber yacido con un hombre...Pero mis hermanos estaban fuera, la mayoría de los jóvenes emigraron o se unieron a la causa...Ellos no tenían por qué saberlo, tampoco sé si les hubiera importado. La violación es simplemente un modo de humillar, de romper la fuerza interior de una detenida. Y eso hicieron. Los tres.
Me regresaron no sé cuanto tiempo después, deshecha, dolorida en mi orgullo y mi cuerpo. Pero no a la celda anterior sino a otra donde estuve sola, rumiando en silencio mi ira y mi vergüenza. No pude decirles nada de mis hermanos porque no lo sabía; ignoraba donde se hallaban. Tampoco sé si de saberlo lo habría confesado. El odio era tan intenso en mi corazón que las palabras escuchadas en mi casa desde niña me atronaban los oídos ocultando los gemidos de dolor que de mis labios escapaban. Era cierto lo que mi familia decía. Los marroquíes eran salvajes, no humanos.
Me mantuvieron aislada varias semanas, hasta que se convencieron de que ni los golpes ni las humillaciones me harían hablar; hasta que se desanimaron de obtener algún dato concluyente.
Entonces pasé a otra prisión; no sé cual; me trasladaron de noche, hacinada con más mujeres en una furgoneta que olía a orines. No sé si eran míos o de ellas.
En ese lugar, grande y con una luz que calentaba los tejados y nos freía la piel y el pensamiento, compartí comida, agua e indignación con muchas compañeras. Eran mujeres llegadas de todo el Sahara, algunas incluso habían estado en Europa denunciando los abusos contra nuestro pueblo pero habían vuelto porque echaban terriblemente de menos a a sus seres queridos y las habían apresado... Ellas me enseñaron cómo reconvertir mi rabia en razonamientos, cómo liberar mi mente y ausentarme de mi cuerpo cuando algún guardia decidía que mi esquelética anatomía le resultaba atractiva o tenía ganas de desfogarse.
Mientras, la tristeza por no saber de los míos me desbarataba. Más que los golpes, más que la repugnante comida que nos daban, más que la falta de higiene...
De vez en cuando los niños me hacían reír con sus juegos. Eran niños, después de todo, con capacidad para adaptarse a cualquier entorno. Y jugaban con una pelota hecha de trapos o con piedras pequeñas del patio...Inventaban historias y yo recordé los cuentos de mi madre y se los relaté, convirtiéndome en su amiga. También enseñé a escribir y leer sobre la tierra a los que no sabían ¡El tiempo era lo único que teníamos de sobra!
Una mañana aparecieron unas funcionarias y nos llevaron a las duchas, nos dieron ropa limpia y nos llevaron a una inmensa sala con aire acondicionado donde aguardaban varias mujeres europeas – después me contaron que llevaban presionando desde hacía meses para que les dejaran entrar - Se presentaron como miembros de Amnistía internacional y escucharon nuestras quejas una por una. Mi asombro fue parejo a mi ansiedad. Había llegado a creer que moriría entre aquellos muros, que tirarían mi cuerpo al desierto o me enterrarían en algún hoyo profundo. Y de repente, un rayo de sol iluminó nuestras vidas.
Thérèse fue la encargada de seguir mi historia. Pude narrarle los años que llevaba presa y en qué condiciones mientras ella anotaba mis datos en un papel . Cuando regresó, dos semanas más tarde, me confirmó lo que yo imaginaba: mi familia no había sabido en ningún momento de mi detención. Me dieron por desaparecida, al igual que a cinco de mis amigas de aquel día, y durante ese tiempo, mi madre murió ( no sé si de pena) y mi hermano Abdel también, en un enfrentamiento armado. Sólo tenía veintitrés años.
Cuando salí de la cárcel yo contaba veintinueve. Había malgastado ocho entre rejas. Mi cuerpo no tenía curvas, sólo filos. Mi pelo oscuro no estaba suave y lucía canas. Pero yo había crecido. Me había convertido de una chica rebelde, en una mujer decidida.
Resultó duro regresar a una casa enlutada. Mis hermanas ni siquiera quisieron preguntarme por mis experiencias pasadas. Thérèse les habría informado, supongo. Mis vecinos, sin embargo, me miraban con respeto y me traían comida y golosinas.
Inicié un peregrinaje por la ciudad buscando trabajo. Tenía edad para colaborar en la economía familiar y me sentía tan ávida de patear las calles que no hubo tienda ni oficina donde no dejara un currículum...Sin respuesta. Me costó aceptarlo, pero era obvio que nadie iba a contratar a una ex convicta en una tierra dominada por los opresores.
Y entonces me apunté a la lucha civil. Me vigilaban, era consciente de ello, pero ¿ qué más podía perder? Mi vida no valía nada. ¡No podía hacer nada con ella que no fuera dar testimonio!
Logré un visado para salir del país gracias a AI y llegué a España. Me llevaron de ciudad en ciudad, relatando mi historia como si fuera algo excepcional y no lo más normal entre personas de mi pueblo. Intento comprender por qué los gobiernos son tan cobardes y no nos ofrecen su ayuda de verdad, sólo sus buenas palabras, pero voy captando que en la política lo que mueve el mundo son los intereses económicos, y que el pueblo saharaui no tenemos demasiado que ofrecer.
Sólo una cosa he aprendido que ha colmado mi alma de paz. No todos los marroquíes son malos, como tampoco los saharauis somos todos buenos.
Lo logré gracias al tiempo pasado en una pequeña ciudad llamada Badajoz, donde un grupo de mujeres trabajan con inmigrantes y mujeres con todo tipo de problemas para ayudarlas a mejorar sus vidas. Ellas enseñan que la tolerancia y el respeto por todas las culturas es de vital importancia si queremos un futuro sin odio.
Yo lo deseo. Un Sahara libre pero sin guerra. Sin campos de refugiados. Un espacio donde podamos vivir en libertad, tomando nuestras decisiones.
Mi mente me dice que nunca lo alcanzaremos. Mi corazón late despacio, soñando.
¿Habrá sido mi dolor en vano? ¿El de todos mis compatriotas? ¿Tendrán razón esas mujeres y educando a nuestros hijos en el compromiso y la lucha sin odio lo podremos lograr? Ojalá.
Tengo treinta y un años. Y quisiera hacer honor a mi nombre; ser bella; oler como una flor; brillar como una estrella.

Zahra es un personaje ficticio que, en realidad, me ha servido para dar nombre al grupo de mujeres saharauis que conocí durante mi trabajo como maestra en una asociación no gubernamental. Ellas nos contaron sus sufrimientos y sus anhelos. Sus ojos eran limpios al relatar semejantes atrocidades y no dudo de la veracidad de sus argumentos. Fue hermoso participar de la rivalidad al principio y del hermanamiento con el paso de los meses de las otras árabes, en especial las marroquíes. Conseguimos celebrar tés con todas ellas en las que nos ofrecieron maravillas culinarias de sus respectivas culturas y donde nos mostraron su folclore, sus ropas, sus dibujos con henna... Logramos un espacio intercultural que es una muestra de que la paz entre pueblos es posible y de que las heridas se curan si se deja hablar a los corazones.



1Se trata de un traje de 4 metros de longitud y de un ancho  inferior a un metro y sesenta centímetros que suele ponerse la mujer saharaui en todas las circunstancias de la vida.

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